Taganga, entre pescadores y yoga

Por: Diana Melo Espejo

En el Caribe colombiano un pueblo de pescadores compite como David contra los gigantes del turismo.

Taganga compite en grandes ligas y usualmente pierde. El viajero que visita el Caribe colombiano, usualmente se debate entre Santa Marta y Cartagena, la Sierra Nevada y el Parque Tayrona. Y allí, en medio de parajes insospechadamente hermosos, también está ella, tratando de ganar el juego con sus bares austeros, hostales para mochileros y partidos de voley en la playa.

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Sólo tiene 3.000 habitantes, la mayoría de los cuales trabajan en Santa Marta o buscan su sustento en las pocas actividades económicas que ofrece el pueblo, como la pesca o el turismo.

La cercanía con la capital del departamento de Magdalena favorece al viajero, pues desde la ciudad se puede tomar un taxi durante 20 minutos o un bus que realiza un trayecto de una hora, aproximadamente.

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Una noche allí puede costar 5 dólares en algún hostal con habitación compartida, 12 dólares en habitación doble de un hotel austero o 30 dólares en algún alojamiento ubicado en las montañas, desde donde la vista panorámica es increíble.

Además, la oferta gastronómica es muy económica y variada. Ofrece preparaciones internacionales que se conjugan con recetas caribeñas, restaurantes típicos y el imperdible plan de comer pescado fresco a la orilla del mar.

Vale la pena aprovechar las horas posteriores a una buena comida, para nadar, acostarse en la playa o tomar una cerveza michelada en algunos de los puestos de madera y lata ubicados a lo ancho del terreno. Un ceviche preparado directamente por los pescadores o por alguna de las mujeres afrodescendientes del lugar, es el acompañamiento justo para anticiparle al cuerpo a lo que viene en la noche.

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Al caer el sol el ambiente en Taganga se transforma paulatinamente en una atmósfera festiva, en la que los lugareños sacan sus parlantes potentes y memorias USB con canciones a ritmo de champeta. La playa se va convirtiendo en una discoteca al aire libre, en donde el turista puede elegir acercarse a cualquiera de los improvisados y ruidosos grupos para sentirse en una fiesta.

Casi que al tiempo en que la música va incrementando su volumen, los niños dejan sus juegos en la playa y se guardan en sus casas. Mientras tanto, las mujeres en diminutos pantalones y los hombres sin camisa destapan cervezas y -¿por qué no decirlo?- arman cachos de marihuana.

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Taganga no distingue los días laborales de los festivos, allí todas las noches son noches de sábado. Las parejas bailan en la playa, los grupos de adolescentes brindan con copas de aguardiente y los mochileros se extienden sobre las mantas en las que en el día ofrecieron artesanías. Las horas transcurren entre licor, champeta y -¿por qué no decirlo?, de nuevo- mucha droga.

Es una elección bastante personal de cada turista si comprar marihuana, cocaína, bazuco o ácidos en el viaje a Colombia. A cientos de los viajeros que recibe Taganga durante el año les resulta atractivo comprobar de primera mano la fama de los alucinógenos colombianos. Quizás sin ser conscientes de cuán bochornoso es invertir en una industria ilegal que es el principal sustento de una guerra que en Colombia cumple seis décadas. Aún así, la playa y las discotecas están llenas de dealers que no desaprovechan el negocio.

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Cuando el sol vuelve a asomarse, los grupos fiesteros se han disuelto y los pájaros que hacen de las montañas su hogar llenan de sonidos el aire, Taganga se transforma otra vez.

Grupos de yoga, meditación, pilates y artes marciales se reúnen en la playa para practicar rutinas silenciosas en un lugar cuya marea es tan tranquila que transmite paz. Los restaurantes abren para ofrecer desayunos, los pescadores alistan sus canoas y atarrayas, los niños salen de sus casas con uniforme de colegio y maletas de superhéroes y los lugareños toman buses hacia Santa Marta.

Los turistas, mientras tanto, se debaten entre nadar en las aguas tibias, unirse a las asanas de yoga, tomar una cerveza para no detener el alicoramiento o pagar algunas lecciones de buceo por los arrecifes de coral. Todos estos, planes con los que Taganga compite contra la histórica Cartagena, la turística Santa Marta, la mítica Sierra Nevada o el paradisiaco Parque Tayrona.

Este pueblo lleva como lema una paradójica razón, que es también un mandamiento del viajero: “entre más oculto sea el lugar, mejor será la travesía”.

 

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