Reencuentros en el paraíso de las islas Cíes

Por Paula Velasco

Reencontrarse con un viejo amigo al que hace mucho tiempo que no ves siempre es fantástico. Jessica Troch es una amiga de las que hay pocas, una amiga con la que creas un vínculo tan fuerte que ni siquiera seis años sin vernos han podido con él, con la amistad que nos unía y con las carcajadas que podíamos emitir sin parar durante horas. Nos conocimos siendo unas crías en Inglaterra, allá cuando comenzábamos a dar nuestros primeros pasos en el mundo de la enseñanza. Yo desde Pontevedra, ella desde Lille, y las dos en Manchester, pertenecientes a un genial grupo compuesto por franceses, alemanes… y yo. Ocho meses de crêpes, películas, tés, salidas nocturnas, sonrisas, lágrimas, day trips y excursiones de fin de semana a subir montañas.

Ahora, seis años más tarde, por fin han coincidido las cosas para poder vernos. Jessica se buscó la mejor combinación y se vino a Galicia cuatro días junto con su amiga Clotilde, un encanto de persona y a la que me alegro infinitamente de haber conocido. El reencuentro fue breve, pero muy, muy intenso, y entre otras cosas tuvimos la oportunidad de pasar su última jornada en Galicia en uno de los pequeños paraísos del litoral gallego: las islas Cíes, en la ría de Vigo, pertenecientes al Parque Nacional das Illas Atlánticas.

Llegada al embarcadero en la playa de Rodas. Fotografía por Paula Velasco.

Llegada al embarcadero en la playa de Rodas. Fotografía por Paula Velasco.

Después de levantarnos bien temprano, mi amiga Silvia nos recogió en coche para salir las cuatro en dirección a Cangas do Morrazo, pueblo costero desde el que se puede tomar el barco para las islas durante la Semana Santa y toda la temporada estival. Podríamos decir que el viaje comenzó bien ya en el propio barco, ya que nada más zarpar avistamos delfines a lo lejos. Según avanzábamos estábamos cada vez más cerca de ellos hasta el punto de pasar a escasos metros, momento en el cual uno de ellos decidió ofrecernos un poco de espectáculo y dar un gran salto. La cubierta del barco se llenó por supuesto de infinitos “ohhh” y “ahhh”, de aplausos, de gritos y de smartphones haciendo fotografías y grabando vídeos.

Clotilde, Silvia y Jessica, esperando a zarpar. Fotografía por Paula Velasco.

Clotilde, Silvia y Jessica, esperando a zarpar. Fotografía por Paula Velasco.

A la llegada a la isla tuvimos la necesidad de desayunar por segunda vez, así que nos situamos en la terraza del único bar-restaurante de toda la isla a disfrutar de las vistas y a planificar la ruta de senderismo que haríamos al terminar. Nos sentimos ligeramente observadas y acosadas por una gaviota, integrante de alguna de las 15 000 parejas de gaviotas patiamarillas que anidan en las islas. Están tan acostumbradas a la presencia del ser humano que no dudan ni un momento en abrirte la bolsa de la comida en tu presencia o en robarte un helado de las manos. No tuvimos el placer de ver ninguna de esas situaciones, pero sí como la gaviota se dedicaba a comerse los restos de nuestros cruasanes mientras se peleaba con las demás.

Una vez hubimos repuesto energías, nos pusimos en marcha hacia la ruta de senderismo que habíamos decidido. Al final resultó ser la del Alto del Príncipe. No contábamos con demasiadas horas en la isla por problema de horarios, así que hicimos esa, que es breve, pero tiene unas vistas espectaculares del archipiélago, que consta de las islas Norte o Monteagudo, Faro (unida a la primera por el arenal de Rodas y una laguna interior natural) y Sur o San Martiño.

Subiendo al Alto del Príncipe. Fotografía por Clotilde Duquesnoy.

Subiendo al Alto del Príncipe. Fotografía por Clotilde Duquesnoy.

Al descender visitamos la laguna, llamada dos Nenos, que alberga numerosas especies de flora y fauna y en la que no está permitido bañarse o pescar por estar protegida y finalizamos nuestro breve recorrido por las islas descansando en la playa de Figueiras, también llamada “la de los alemanes”. Es especialmente peculiar por ser una playa en la que tanto los nudistas como los bañistas tradicionales conviven perfectamente. La playa que más personas atrae es la playa de Rodas, mencionada anteriormente y situada justo a la entrada del muelle, porque fue considerada en el año 2007 nada más y nada menos que la mejor playa del mundo por el periódico The Guardian.

Gaviota custodiando la entrada a la playa. Fotografía por Paula Velasco.

Gaviota custodiando la entrada a la playa. Fotografía por Paula Velasco.

Bien sentadas y relajadas en la playa, bien paseando por la orilla y bañándonos en esas aguas tan azules, no podíamos evitar pensar en lo afortunadas que éramos estando allí, en ese lugar privilegiado, precioso, que nada tenía que envidiar a las playas del Caribe (salvo quizá la temperatura del agua). No podíamos dejar de lamentarnos por no poder quedarnos en el camping a pasar quince días caminando por la isla, tomando el sol, relajándonos y, en definitiva, olvidándonos del estrés y las minucias de la vida diaria. Pero habrá que dejarlo para otra ocasión…

Relájandonos en la playa de Figueiras o de los alemanes. Fotografía por Clotilde Duquesnoy.

Relájandonos en la playa de Figueiras o de los alemanes. Fotografía por Clotilde Duquesnoy.

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