Memorias y voces de Marruecos

Por Mariana Castillo

Viajar hacia ninguna parte, con la condición de que el viaje lleve a todos lados. 

Carlos Monsiváis

Si al viajar no hablamos con la gente del lugar, de lo cotidiano, de sus amores y miedos, entonces nos perdemos de conocer un país de manera más humana. Mis memorias de Marruecos están llenas de nombres, edades, rasgos y voces.

Labou y su familia fueron los primeros. Ella escribió las cinco letras de su nombre en la arena del Oasis de Tisserdimine. Fátima, Omar, Hasna, Hazine y Mohamed son sus hijos. Su marido se llama Hassan. Tarda un mes en hacer un plato tejido con hoja de palma y cocido con hilos de colores. Vende collares, muñecas de trapo y otros objetos donde hay turistas. Le enseñó a su hija mayor a hacer cous cous. Así, la comida estará lista al regreso de todos.

Un nombre en la arena  Foto: Mariana Castillo

Un nombre en la arena
Foto: Mariana Castillo

En ese mismo lugar, Yusef sabe cómo crece un melón, distingue la henna del perejil y prefiere comer tajine de verduras y cordero. Le gusta el fútbol y lo juega con sus amigos en sus ratos libres. Tiene 26 años pero su rostro lastimado por el sol lo hace ver mayor. Es cocinero por necesidad y no por gusto. Le gusta más cuidar el huerto.

Yusef y su huerto

Yusef y su huerto Foto: Mariana Castillo

Rachid fue un buen guía en el mercado del poblado de Rissani. Explicó cómo se dividían los pasillos de ese centro de comercio tradicional y que la pizza bereber era un platillo preparado más en restaurantes que en el día a día de los hogares, mientras aromas como plantas medicinales, orina, cuero y especias invadían los bulliciosos pasillos. Me anotó su Facebook, teléfono y mail en un papelito arrugado.

Burros en el mercado de Rissani Foto: Mariana Castillo

Burros en el mercado de Rissani
Foto: Mariana Castillo

De camino a Marrakech, Tinariwen, uno de mis grupos preferidos que llevé como parte de la playlist de la travesía, sonaba en una estación de servicio con la bandera bereber colgada en la pared. Tzaid me indicó dónde estaba el baño. Al salir, le pregunté que si le gustaba la música y me dijo que mucho. Me pidió que bailáramos. Ese sitio en la carretera se volvió pista de baile y C´est la vie de Khaled fue la pieza elegida. Se tomó foto conmigo y mi amiga Eva. “Estoy muy feliz”, dijo al despedirse. Siguió jugando y bebiendo café en una mesa cuando nos marchamos.

C´est la vie Foto: Mariana Castillo

C´est la vie
Foto: Mariana Castillo

Una breve anacronía narrativa: conocí esa bandera que refleja identidad y paisaje a inicios de este año en Oaxaca cuando Ana, una amiga muy querida, la llevó a nuestro viaje por esa tierra en mi país de la que estoy enamorada. Sus amigos bereber esperaban la imagen con ansía, desde una fiesta en Argelia. El viento no nos dejaba tomarle fotos en Monte Albán ni en Mitla. Por fin, pudimos. Ahí estaba libre y ondulante. No imaginé que sentiría tanta emoción al verla de nuevo ni que recordaría tanto ese día entre árboles de pochote y guajes.

Bereber en Oaxaca

Bandera bereber en Monte Albán, Oaxaca Foto: Mariana Castillo

“Eres de Puebla, ¿verdad?”, preguntó otro Rachid en un mirador de camino a las Gargantas del Todra. “Quiero conocer Cholula, es precioso. Me gustaría mucho visitar México”. Nací en ese estado mexicano y la ciudad pirámide- iglesia- cerro es de mis sitios preferidos. Si sus aseveraciones son afortunadas coincidencias, el universo sabe dónde colocarlas. Nunca intentó venderme nada como tantos otros. Aprender a distinguir la hospitalidad sincera de aquella que busca un fin comercial es una buena práctica de observación y agudeza de los sentidos.

Desea conocer Cholula Por: Mariana Castillo

Desea conocer Cholula
Por: Mariana Castillo

Seddik Ettaiek, propietario del restaurante Des Dunes en Arfoud me dibujó cómo se hace el mechui, un platillo con cordero. Con antojo y emoción explicó que también se aprovecha esa cocción lenta de ese animal para que se desprenda un jugo sabroso y se coma en consomé. Sin cubiertos, sí con pan, esa carne es fiesta y tradición a la vez. Pensé en silencio que se parece un poco a la barbacoa mexicana.

Foto: Mariana Castillo

Seddik Ettaiek Foto: Mariana Castillo

Nourddine dibuja escenas de la vida bereber en el Qsar de Aït Ben Haddou. Su padre es herrero y su madre hace tapetes. No tiene internet en casa ni teléfono celular y ayuda a sus padres en vacaciones vendiendo sus creaciones a los turistas. Va a la escuela y le gusta pintar. Me regaló una postal con letras que no entiendo y él no me supo explicar. Le compré otra en la que se aprecia un grupo de músicos con darbukas y karkabas.

Nourddine y sus dibujos Foto: Mariana Castillo

Nourddine y sus dibujos
Foto: Mariana Castillo

Abd y Mohammed del mercado de la Plaza Jamaa el Fna sirvieron té a tres extranjeros y tampoco quisieron venderles nada. Una velada gratificante, entre sazones, gritos, música y gente. Fútbol, alimentación, costumbres y política en una algarabía similar a la de los mercados mexicanos, entre focos de luz amarilla, puestos ambulantes y cabezas de cordero expuestas al comensal.

Entre comida Por: Mariana Castillo

Entre comida
Foto: Eva Puente

El trabajo, la familia, el aprovechamiento de la naturaleza y la transmisión del conocimiento es algo vivo en Marruecos, de norte a sur. A ninguno de ellos les dije que lo más enriquecedor de mi viaje fue compartir pedazos de vida, de esa cotidiana y valiosa, sin cámaras ni grabadoras. Atesoro como parte de las memorias de esta experiencia el puño y letra de algunos de estos marroquíes. así como el silencio y el cielo del desierto.

Puño y letra Por: Mariana Castillo

Puño y letra
Por: Mariana Castillo

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3 Respuestas a “Memorias y voces de Marruecos

  1. Me alegra esa experiencia que te llevaste. Muy afortunada de poder trasladarnos de esa manera tan amena tu viaje.

  2. Me gusto mucho la forma en que describes la vida, la historia, las costumbres de las personas….gracias por compartir!!!

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